La industria textil en la Revolución Industrial británica
Durante la Revolución Industrial (1760-1840), la producción textil pasó de ser una industria artesanal a una altamente mecanizada en la que los trabajadores solo estaban presentes para asegurarse de que las máquinas de cardar, hilar y tejer nunca se detuvieran. Impulsados por el deseo de reducir costos, una larga serie de inventores se aseguraron de que las fábricas mecánicas fueran más baratas, rápidas y fiables que nunca.
La adopción de las máquinas, normalmente accionadas por ruedas hidráulicas y después por máquinas de vapor, supuso la pérdida de empleo de muchos trabajadores textiles calificados, lo que dio lugar a movimientos de protesta como los de los luditas. Aunque se crearon nuevos empleos menos calificados, las malas condiciones de trabajo en las fábricas textiles contribuyeron a formar el movimiento sindical y a impulsar a los gobiernos a aprobar leyes que protegieran el bienestar de quienes garantizaban que las máquinas siguieran hilando.
La evolución de la industria textil
Tradicionalmente, el hilo y la tela se compraban a hilanderas y tejedoras que trabajaban en sus propias casas o en pequeños talleres. Era habitual que las familias se dividieran el trabajo: los niños lavaban y cardaban la lana, las mujeres hilaban el hilo con una rueca manual y los hombres tejían la tela con un telar manual.
La producción se aceleró enormemente en 1733, cuando John Kay inventó la lanzadera volante, utilizada para tirar del hilo horizontalmente (trama) a través de hilos longitudinales (urdimbre) en un telar. La lanzadera, golpeada con un martillo sobre el material trabajado, también permitía fabricar tejidos más anchos. El problema ahora era cómo hilar más hilo para seguir el ritmo de la etapa de tejido más rápida. La rueca tradicional era una máquina eficaz, pero solo podía hilar un hilo a la vez. En consecuencia, los inventores intentaron crear máquinas que pudieran hilar varios hilos simultáneamente. De este modo, un solo operario podría hacer el trabajo de varias personas. Además, si se colocaban muchas máquinas en un mismo lugar (una fábrica o un molino), los costos de producción podrían reducirse aún más. Como en muchos otros ámbitos de la Revolución Industrial, fue el atractivo de ganar más dinero lo que impulsó el paso del trabajo manual al mecanizado.
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